Se llamaba Úrsula, nació mujer, negra y esclava, en un siglo en que, normalmente, las tres condiciones hubiesen sepultado de antemano cualquier atisbo de lucimiento. Aún así, vistió los hábitos como franciscana clarisa y fue venerada En vida durante la lima evirreinal. Aquí una aproximación a este personaje. La venerable Úrsula de Jesús, conocida
como la Santa Escondida, es modelo
de vida de las religiosas del antiguo convento
de Santa Clara, en Lima; pudo ser canonizada,
morena ella, antes que San Martín
de Porres si la documentación destinada a
demostrar ante El Vaticano su dimensión
espiritual no se hubiese perdido en el mar al
hundirse el galeón que la llevaba a España.
La nave tenía por nombre El Castizo.
El percance, ocurrido a mediados del
siglo XVIII, dejó perplejos a quienes habían
desplegado una titánica labor para reunir
testimonios probatorios que, hoy, nos hubieran
permitido venerar a otra santa peruana
y conocer mejor su historia, su temperamento
y sus milagros. Las hermanas
clarisas piensan que Úrsula se resistía a ser
famosa.
Pero, una personalidad como la suya no
podía pasar desapercibida mucho tiempo.
Sus compañeras de orden releen el diario
que ella escribiera, colmado de intimidades
y visiones, y lo conocen como la palma de
su mano.
RECUENTO HISTÓRICO
Sus prodigios trasuntaron los muros del
convento hasta ganar las calles, al pueblo
y a las autoridades del siglo XVII, de manera
que los cronistas dieron cuenta de su
existencia. El historiador Rafael Sánchez-
Concha, por ejemplo, la consigna en su
libro Santos y santidad en el Perú virreinal
y, recientemente, la investigadora estadounidense
Nancy E. Van Deusen llamó a las
puertas del recinto monacal para indagar
sobre ella, y lo que descubrió y compiló fue
publicado en la obra El diario espiritual de
una mística afro peruana del siglo XVII, editado
por la Universidad de Nuevo México.
"La hermana Úrsula se está haciendo
conocida: antes tenía perfil bajo", comenta
sor María de Jesús, en quien la autoridad
conventual delegó la misión de conversar
sobre el tema.
A fin de conocer la historia del convento
y con motivo de la conformación de la Federación
de Monasterios de la Inmaculada
Concepción, a la que ellas pertenecen, las
monjitas hurgaron en archivos y bibliotecas,
ayudadas por estudiantes universitarios
e historiadores, agitación que puso al descubierto
la importancia de la hermana negra.
MUJER, NEGRA Y ESCLAVA
Úrsula nace esclava en noviembre de
1604, dos años antes de inaugurarse el convento
en que ingresó en esa misma condición
a los 12 años. Al trasuntar el claustro
formaba parte de la servidumbre de una
novicia, porque se estilaba entonces que
quien aspirara a la vida monacal trajese consigo
dote, que incluía mucamas. Eran otros
tiempos y regían esas costumbres.
La jovencita fue hija de Juan de Castilla
y de Isabel de los Ríos, esclava esta última
de doña Jerónima de los Ríos, mujer bondadosa
que acoge a la criatura y le brinda una
educación cristiana. Cuando la ama fallece,
la niña, de siete años, es llevada a casa de
doña Luisa Soto Melgarejo, buena amiga de
Santa Rosa, en cuya compañía ermaneció
cinco años.
A estas alturas, una sobrina de Jerónima
expresa su deseo de llevar una vida religiosa
y Úrsula es seleccionada para hacerle compañía
en el monasterio de Santa Clara. Ambas
mujeres, casi niñas, cruzan el mismo
portón, pero solo una hará noticia con sus
visiones, milagros y singular conversión.
Fray Benito Sánchez relata en su reseña
histórica: "En el siglo XVII trabajaba una
esclava en el monasterio de Santa Clara de
Lima, era piadosa, no sabía los designios
que Dios tenía en ella. El Señor la colma de
gracia abundante revistiéndola de santidad,
comunicándole revelaciones y la humilde
esclava acató su voluntad. De oriente a occidente
donde se pone el Sol, loado sea el
Señor que ensalza a los humildes: dice el
profeta David".
También consigna que la venerable fue,
desde chica, muy devota de la Virgen del
Carmen: "Ayunaba los miércoles y rezaba el
rosario todos los días de rodillas, para ello se
retiraba de sus compañeras a un lugar apartado".
Así, aunque "tenía sus galas y amistades
de algunas niñas", "se preparaba tres días
antes de confesarse y después de comulgar
daba acción de gracias otros tres días en recogimiento".
SUS MILAGROS
El mismo cronista relata que cuando Úrsula
tenía 30 años cayó a un profundo pozo
mientras intentaba tender una túnica en un
palo ubicado encima. Alcanzó a sujetarse
con una mano del borde y con la otra cogió
el escapulario de la Virgen del Carmen que
tenía sobre el pecho: "Pide a tu Hijo que no
me condene", dijo para sí. Mientras sus compañeras
oraban para ayudarla a bien morir,
se vio milagrosamente fuera del hoyo.
Su gratitud se tradujo en largos diálogos
internos con Dios. Dada tan singular
personalidad y demostración de prodigios,
una religiosa, temiendo que la obligasen a
salir del convento, compró su libertad. Le
sugirieron que tomara los hábitos, pero ella
exigió una señal del cielo.
El 29 de octubre de 1645, víspera de
Santa Úrsula, se incendió la capilla del Santo
Cristo, que colindaba con las celdas. "¿No
fuera mejor que yo quemara y no tus imágenes?",
lloró postrada en el suelo. Entonces,
escuchó la voz del Señor que le respondió:"¿No haces por mí una cosa y quieres quemarte?".
El 18 de diciembre de ese año tomó
los hábitos.
Y sigue el relato: En otra oportunidad,
impedida de comulgar debido a sus tareas
en la cocina, dijo con tristeza: "Estoy preparando
el pan para tus esposas, por eso
no puedo comulgar". En ese instante, el capellán,
que oficiaba la misa, vio cómo una
hostia escapaba del copón y prácticamente
"voló" hacia Úrsula, quien de esta manera
participó de la eucaristía.
A sugerencia de su confesor, escribió el
diario que hoy nos llama la atención. Éste
luce dos caligrafías, razón por la cual "es
posible que ella no supiese escribir y que lo
dictase a las hermanas que se turnaban para
este propósito. No lo sabemos", opina sor
María de Jesús. En este documento, Úrsula
relata sus revelaciones, especialmente de las
ánimas del "Purgatorio", incluidos miembrosdel clero, que se le aparecen para suplicarle
que ore por ellas.
En sus últimos momentos, se confesó
con el padre Francisco Vargas Machuca, y
expiró el 23 de febrero de 1666, a los 62 años.
A su entierro asistieron las autoridades civiles
y eclesiásticas de entonces, así como la
población que madrugó en la plazoleta a la
espera de que se abrieran las puertas de la
iglesia. Fue enterrada en la sala de oración
delante del altar de la Virgen del Carmen.
La comunidad franciscana aguarda un
último milagro: la canonización de esta
morena. Pero no es el único caso de santidad
entre la población morena del virreinato.
Rafael Sánchez-Concha menciona en el
mismo libro, Santos y santidad..., a la mulata
Estefanía de San José, nacida en el Cusco en
1501, pero esa es otra historia.
|